WALTER
BENJAMIN: “EL AUTOR COMO PRODUCTOR” (1934)
Se
trata de ganar a los intelectuales para la clase obrera, haciéndoles
tomar conciencia de la identidad de sus diligencias espirituales y de
sus condiciones como productores.
Ramón
Fernández
Ustedes recuerdan cómo Platón, en el proyecto de su Estado,
procede con los poetas. En interés de la comunidad les prohíbe
que residan en él. Platón tenía un alto concepto
del poderío de la poesía. Pero la tuvo por dañina,
por superflua, bien entendido que en una comunidad perfecta. Desde entonces
no se ha planteado a menudo con la misma insistencia la cuestión
del derecho a la existencia del poeta; pero hoy sí que se plantea.
Sólo que raras veces en esa forma. Pero a ustedes todos les resulta
más o menos habitual en cuanto cuestión acerca de la autonomía
del poeta: acerca de su libertad para escribir lo que quiera. No son
ustedes proclives a aprobar esa autonomía. Creen que la actual
situación social le obliga a decidir a servicio de quién
ha de poner su actividad. El escritor burgués recreativo no reconoce
tal alternativa. Ustedes le prueban que trabaja, aun sin admitirlo,
en interés de determinados intereses de clase. Un tipo progresista
de escritor reconoce la alternativa. Su decisión ocurre sobre
la base de la lucha de clases, al ponerse del lado del proletariado.
Se ha acabado entonces su autonomía. Orienta su actividad según
lo que sea útil para el proletariado en la lucha de clases. Se
acostumbra decir que persigue una tendencia.
Ya tienen
ustedes el término en torno al cual se mueve desde hace tiempo
un debate que les es familiar. Les es a ustedes familiar, y por eso
saben qué estérilmente ha discurrido. Esto es, que no
se ha librado del aburrido “por una parte, por otra parte”;
por una parte ha de exigirse de la ejecución del poeta la tendencia
correcta, y por otra parte se está en el derecho de esperar calidad
de dicha ejecución. Esta fórmula es, desde luego, insatisfactoria
en tanto que no nos percatemos de cuál es la interconexión
que existe entre ambos factores, calidad y tendencia. Naturalmente,
se puede decretar esa interconexión. Se puede declarar: una obra
que presente la tendencia correcta, no necesita presentar otra calidad.
Pero también puede decretarse: una obra que presente la tendencia
correcta, debe necesariamente presentar cualquier otra calidad.
Esta segunda
formulación no es ininteresante, más aún: es correcta.
Yo la hago mía. Pero al hacerlo, rechazo decretarla. Esta afirmación
debe ser probada. Y para intentar esta prueba reclamo su atención.
Quizá objeten ustedes que se trata de un tema en verdad especial,
incluso remoto. ¿Y con prueba semejante quiere usted favorecer
el estudio del fascismo? Eso es lo que de hecho me propongo. Puesto
que espero poder mostrarles que el concepto de tendencia, en la forma
sumaria en que generalmente se encuentra en el debate al que acabamos
de aludir, es un instrumento por completo inadecuado para la crítica
literaria política. Quisiera mostrarles que la tendencia de una
obra literaria sólo podrá concordar políticamente,
si literariamente concuerda también. Es decir, que la tendencia
política correcta incluye una tendencia literaria. Y añadiremos
en seguida: esa tendencia literaria, contenida de manera implícita
o explícita en cada tendencia política correcta, es la
que constituye, y no otra cosa, la calidad de la obra. Por eso la tendencia
política correcta de una obra incluye su calidad literaria, ya
que incluye su tendencia literaria.
Esta afirmación
espero poder prometerles que pronto quedará más en claro.
Por el momento excluyo que pueda para mi consideración escoger
otro punto de partida. Parto del estéril debate acerca de la
relación en que estén entre sí tendencia y calidad
de la obra literaria. Hubiese podido también partir de otro debate
más antiguo, pero no menos estéril: en qué relación
están forma y contenido, y especialmente en la literatura política.
Este planteamiento del asunto está desacreditado; y con razón.
Pasa por ser un caso típico del intento de acercarse a los complejos
literarios adialécticamente, con rutina. Bien. ¿Pero cómo
es entonces el tratamiento dialéctico de la misma cuestión?
El tratamiento dialéctico de la cuestión, y con ello llego
a nuestro asunto, nada puede hacer con cosas pasmadas, aisladas: obra,
novela, libro. Tiene que instalarlas en los contextos sociales vivos.
Con razón declaran ustedes que esto es algo que se ha emprendido
repetidas veces en el círculo de nuestros amigos. Es cierto.
Solo que al hacerlo se ha caído con frecuencia en lo grandioso,
y, por tanto, necesariamente, también a menudo en lo vago. Las
relaciones sociales están condicionadas, según sabemos,
por las relaciones de la producción. Y cuando la crítica
materialista se ha acercado a una obra, ha acostumbrado a preguntarse
qué pasa con dicha obra respecto de las relaciones de la productividad
de la época. Es ésta una pregunta importante. Pero también
muy difícil. Su respuesta no siempre está a cubierto de
malentendidos. Y yo quisiera proponerles a ustedes ahora una cuestión
más cercana. Una cuestión que es más modesta, que
apunta algo más corto, pero que ofrece, a mi parecer, más
probabilidades en orden a una respuesta. A saber, en lugar de preguntar:
¿cómo está una obra respecto de las relaciones
de producción de la época; si está de acuerdo con
ellas; si es reaccionaria o si aspira a transformaciones; si es revolucionaria?;
en lugar de estas preguntas o en cualquier caso antes que hacerlas,
quisiera proponerles otra. Por tanto, antes de preguntar: ¿en
qué relación está una obra literaria para con las
condiciones de producción de la época?, preguntaría:
¿cómo está en ellas? Pregunta que apunta inmediatamente
a la función que tiene la obra dentro de las condiciones literarias
de producción de un tiempo. Con otras palabras, apunta inmediatamente
a la técnica literaria de las obras.
Con el
concepto de la técnica he nombrado ese concepto que hace que
los productos literarios resulten accesibles a un análisis social
inmediato, por tanto, materialista. A la par que dicho concepto de técnica
depara el punto de arranque dialéctico desde el que superar la
estéril contraposición de forma y contenido. Y, además,
tal concepto entraña la indicación sobre cómo determinar
correctamente la relación entre tendencia y calidad, por la cual
nos hemos preguntado al comienzo. Si antes, por tanto, nos permitimos
formular que la tendencia política correcta de una obra incluye
su calidad literaria, porque incluye su tendencia literaria, determinamos
ahora con mayor precisión que esa íntima tendencia de
consistir en un progreso o en un retroceso de la técnica literaria.
Seguro
que está en su sentir que salte ahora, sólo en apariencia
sin mediación alguna, a circunstancias literarias muy concretas.
A circunstancias rusas. Quisiera que se fijasen ustedes en Sergei Tretiakow
y al tipo, que él define y encarna, de escritor “operante”.
Este escritor operante da el ejemplo más tangible de la dependencia
funcional en la que, siempre y en todas las situaciones, están
la tendencia política correcta y la técnica literaria
progresiva. Claro que sólo un ejemplo, otros me los reservo.
Tretiakow distingue al escritor operante del informativo. Su misión
no es informar, sino luchar; no jugar al espectador, sino intervenir
activamente. Determina tal misión con los datos que proporciona
sobre su actividad. Cuando en 1928, en la época de la colectivización
total de la agricultura, se lanzó la consigna “Escritores
a los koljoses”, Tretiakow partió para la comuna “El
faro comunista” y, durante dos largas estancias, acometió
los trabajos siguientes: convocatoria de los meetings de masas; colecta
de dinero para los pagos de los tractores; Persuasión de campesinos
para que entrasen en los koljoses; inspección de las salas de
lectura; Creación de periódicos murales y dirección
del periódico del koljós; introducción de la radio
y de cines ambulantes, etc., etc. No es sorprendente que el libro Señores
del campo, que Tretiakow había redactado a continuación
de esta estancia, tuviese que ejercer una influencia considerable sobre
la configuración ulterior de las economías colectivistas.
Tal vez
ustedes estimen a Tretiakow y opinen, sin embargo, que su ejemplo no
dice demasiado en este contexto. Las tareas a las que se sometió,
objetarán quizá, son las de un periodista o propagandista;
con la creación literaria no tienen mucho que ver. Pero he entresacado
el ejemplo de Tretiakow intencionadamente para señalar cómo,
desde un tan amplio horizonte, hay que repensar las ideas sobre formas
o géneros de la obra literaria al hilo de los datos técnicos
de nuestra situación actual, llegando así a esas formas
expresivas que representen el punto de arranque para las energías
literarias del presente. No siempre hubo novelas en el pasado, y no
siempre tendrá que haberlas; no siempre tragedias; no siempre
el gran epos; las formas del comentario, de la traducción, incluso
de lo que llamamos falsificación, no siempre han sido formas
que revolotean al margen de la literatura, y no sólo han tenido
su sitio en los textos filosóficos de Arabia o de China, sino
además, en los literarios. No siempre fue la retórica
una forma irrelevante, sino que en la Antigüedad imprimió
su sello a grandes provincias de la literatura. Todo ello para familiarizarles
a ustedes con el hecho de que estamos dentro y en medio de un vigoroso
proceso de refundición de las formas literarias, un proceso en
el que muchas contraposiciones, en las cuales estábamos habituados
a pensar, pudieran perder su capacidad de impacto. Permítanme
que les dé un ejemplo de la esterilidad de tales contraposiciones
y del proceso de su superación dialéctica. Y otra vez
estaremos con Tretiakow. Ese ejemplo es el periódico.
“En
nuestra literatura —escribe un autor de izquierdas— hay
contraposiciones que en épocas más felices se fertilizaban
mutuamente, pero que ahora han llegado a antinomias insolubles. Y así
divergen sin relación ni orden la ciencia y las belles lettres,
la crítica y la producción, la educación y la política.
El periódico es el escenario de estos embrollos literarios. Su
contenido es un “material” que rehúsa toda forma
de organización no impuesta por la impaciencia del lector. Y
esta impaciencia no es únicamente la del político que
espera una información o la del espectador que espera un guiño,
sino que tras ella arde la del excluido que cree tener derecho a hablar
en nombre de sus propios intereses. Hace tiempo que las redacciones
han aprovechado el hecho de que nada ata tanto a un lector a su periódico
como esta impaciencia que reclama día a día alimento nuevo;
y así han abierto una y otra vez sus columnas a sus preguntas,
opiniones, protestas. A la par que la asimilación indistinta
de hechos va la asimilación también indistinta de lectores
que en un instante se ven aupados a la categoría de colaboradores.
En lo cual se esconde un momento dialéctico: la decadencia de
lo literario en la prensa burguesa se acredita como fórmula de
su restablecimiento en la de la Rusia soviética. En tanto que
lo literario gana en alcance lo que pierde en profundidad, empieza a
distinguirse entre autor y público, distinción que la
prensa burguesa mantiene en pie de manera convencional y que se extingue
en cambio en la prensa soviética. El lector está siempre
dispuesto a convertirse en un escritor, a saber: en alguien que describe
o que prescribe. Cobra acceso a la autoría como perito, y no
tanto de una disciplina como sólo de un puesto que ocupa. Es
el trabajo mismo el que toma la palabra. Y su exposición en palabras
constituye una parte de la capacidad que exige su ejercicio. La competencia
literaria no se basa ya, por tanto, en una educación especializada,
sino en otra politécnica; así es como se convierte en
patrimonio común. Dicho brevemente, se trata de la literarización
de las condiciones de vida que se enseñorea de antinomias insolubles
por otra vía, y se trata también del escenario —el
periódico de la humillación sin barreras de la palabra,
escenario en el cual se prepara su salvación.”
Espero
haber mostrado con esto que la representación del autor como
productor debe remontarse hasta la prensa. Porque sólo en la
prensa (en cualquier caso en la de la Rusia soviética) nos percataremos
de que el vigoroso proceso de refundición del que hablaba antes
no pasa únicamente sobre las distinciones convencionales entre
los géneros, entre escritor y poeta, entre investigador y divulgador,
sino que somete a revisión incluso la distinción entre
autor y lector. La prensa es la instancia más determinante respecto
de dicho proceso, y por eso debe avanzar hasta ella toda consideración
del autor como productor.
Pero no
puede uno quedarse en tal punto. Ya que en Europa occidental el periódico
no representa aún un instrumento adecuado en las manos del escritor.
Todavía pertenece al capital. Como por un lado el periódico
representa, hablando técnicamente, la posición literaria
más importante, pero dicha posición por otro lado está
en manos del enemigo; por eso no extrañará que el atisbo
del escritor en su condicionamiento social, en sus medios técnicos
y en su tarea política tenga que luchar con las dificultades
más enormes. Cuenta entre los sucesos más decisivos de
los últimos diez años en Alemania que una parte considerable
de sus cabezas productivas haya llevado a cabo una evolución
revolucionaria en cuanto a las ideas bajo la presión de las condiciones
económicas, sin estar al mismo tiempo en situación de
repensar de veras revolucionariamente su propio trabajo, su relación
para con los medios de producción, su técnica. Hablo,
como ven ustedes, de la llamada inteligencia de izquierdas, y me limitaré
a la que, siendo de izquierdas, es burguesa. En Alemania han partido,
en el último decenio, de dicha inteligencia de izquierdas los
movimientos político-literarios determinantes. De ellos destaco
dos, el activismo y la nueva objetividad, para poner en su ejemplo de
bulto que la tendencia política, por muy revolucionaria que parezca,
ejerce funciones contrarrevolucionarias en tanto el escritor experimente
su solidaridad con el proletariado sólo según su propio
ánimo, pero no como productor.
El término
de moda, en el que se resumen las exigencias del activismo, es “logocracia”,
es decir, señorío del espíritu. De buen grado se
traduce por señorío de los espirituales. De hecho el concepto
de los espirituales se ha impuesto en el campo de la inteligencia de
izquierdas y domina sus manifiestos políticos desde Heinrich
Mann a Döblin. A tal concepto podemos hacerle notar sin esfuerzo
alguno que está acuñado sin miramiento alguno por la posición
de la inteligencia en el proceso de producción. El mismísimo
Hiller, el teórico del activismo, quisiera haber entendido a
los espirituales no “como miembros de determinadas ramas profesionales”,
sino “como representantes de cierto tipo caracteriológico”.
Dicho tipo caracteriológico está naturalmente, en cuanto
tal, entre las clases. Abarca un número caprichoso de existencias
privadas sin deparar el menor apoyo para su organización. Al
formular Hiller su repulsa de los jefes de partido, no es poco lo que
acota; puede que ellos “sean más sapientes en lo importante...,
hablen más cerca del pueblo..., se batan con mayor valentía”
que él; pero de una cosa está seguro: de que “piensan
con una mayor deficiencia”. Es probable, pero de qué servirá,
ya que políticamente lo decisivo no es el pensamiento privado,
sino el arte, según una expresión de Brecht, de pensar
con las cabezas de otras gentes. El activismo se ha empeñado
en sustituir la dialéctica materialista por esa magnitud, indefinible
en cuanto a las clases, del sano sentido común. Sus espirituales
representan en el mejor de los casos un rango. Con otras palabras: el
principio de esa educación colectiva es de suyo reaccionario;
no es extraño que los efectos de esa colectividad jamás
hayan podido ser revolucionarios.
Pero semejante
malhadado principio sigue en vigor. Pudo uno darse cuenta de ello cuando,
hace tres años, se publicó ¡Saber y transformar!
de Döblin. Este escrito era, como es sabido, una respuesta a un
joven —al que Döblin llama Hocke— que se había
dirigido al célebre autor preguntándole: ¿qué
hacer? Döblin le invita a unirse a la causa del socialismo, pero
en condiciones cuestionables. Socialismo es, según Döblin:
“Libertad, reunión espontánea de los hombres, repulsa
de toda coacción, indignación contra la injusticia y la
violencia, humanidad, tolerancia, ánimo pacífico.”
Sea como sea: en cualquier caso hace de este socialismo un frente en
contra de la teoría y de la praxis del movimiento obrero radical.
Döblin opina que “no puede salir de ninguna cosa nada que
no esté ya en ella; que de la lucha de clases criminalmente encrudecida
saldrá justicia, pero no socialismo”. Döblin por estas
y otras razones da a Hocke: “No puede usted (formula de la manera
siguiente la recomendación que por esta y otras razones hace
a Hocke), mi estimado señor, ejecutar su afirmativa de principio
a la lucha (del proletariado) alistándose en el frente proletario.
Debe usted darse por satisfecho aprobando amarga y conmovidamente dicha
lucha; pero también sabrá usted que hay algo más
que hacer: que sigue sin ocupar una posición enormemente importante...,
la protocomunista de la libertad humana individual, de la solidaridad
espontánea y la vinculación de los hombres... Esa posición,
mi estimado señor, es la única que le incumbe a usted.”
Aquí palpamos a dónde lleva la concepción del “espiritual”
como tipo definido por sus opiniones, sus actitudes e inclinaciones,
pero no por su posición en el proceso de producción. Como
dice Döblin, debe encontrar su lugar junto al proletariado. Pero
¿cuál es este lugar? El de un protector, el de un mecenas
ideológico. Un lugar imposible. Y así volvemos a la tesis
propuesta al comienzo: el lugar del intelectual en la lucha de clases
sólo podrá fijarse, o mejor aún elegirse, sobre
la base de su posición en el proceso de producción.
En orden
a la modificación de formas e instrumentos de producción
en el sentido de una inteligencia progresista —y por ello interesada
en liberar los medios productivos, y por ello al servicio de la lucha
de clases— ha acuñado Brecht el concepto de transformación
funcional. El es el primero que ha elevado hasta los intelectuales la
exigencia de amplio alcance: no pertrechar el aparato de producción
sin, en la medida de lo posible, modificarlo en un sentido socialista.
“La publicación de las Tentativas —dice el autor
en la introducción de esta serie de escritos— ocurre en
trabajos no deben un momento en el que determinados ya ser vivencias
individuales (tener el carácter de obra), sino que han de orientarse
a la utilización (transformación) de ciertos institutos
e instituciones.” No es deseable una renovación espiritual,
tal y como la proclaman los fascistas, sino que habrá que proponer
innovaciones técnicas. Volveremos todavía sobre estas
innovaciones. Ahora quisiera contentarme con indicar la distinción
decisiva entre el mero abastecimiento del aparato de producción
y su modificación. Y al comienzo de mis elaboraciones quisiera
colocar esta frase acerca de la “nueva objetividad”: pertrechar
un aparato de producción, sin transformarlo en la medida de lo
Posible, representa un comportamiento sumamente impugnable, si los materiales
con los que se abastece dicho aparato parecen ser de naturaleza revolucionaria.
Porque estamos frente al hecho —del que el pasado decenio ha proporcionado
en Alemania una plétora de pruebas— de que el aparato burgués
de producción y publicación asimila cantidades sorprendentes
de temas revolucionarios, de que incluso los propaga, sin poner por
ello seriamente en cuestión su propia consistencia y la consistencia
de la clase que lo posee. En cualquier caso se trata de algo correcto
mientras esté pertrechado por gentes de rutina, sean éstas
o no revolucionarias. Y yo defino al rutinario como hombre que sistemáticamente
renuncia a enajenar, por medio de mejoras y en favor del socialismo,
el aparato de producción respecto de la clase dominante. Y afirmo,
además, que una parte relevante de la llamada literatura de izquierdas
no ha tenido otra función que la de conseguir de la situación
política efectos siempre nuevos para divertir al público.
Con lo cual llego a la “nueva objetividad”. Ella es la que
ha promovido el reportaje. Preguntémonos a quién le es
útil dicha técnica.
Por razones
de plasticidad pongo en primer plano su forma fotográfica. Lo
que de ella resulta ser vigente, habrá que transponerlo a la
forma literaria. Ambas deben su extraordinaria prosperidad a la técnica
de difusión: a la radio y a la prensa ilustrada. Pensemos hacia
atrás, hasta el dadaísmo. El vigor revolucionario del
dadaísmo consistió en poner a prueba la autenticidad del
arte. Se compusieron naturalezas muertas en billetes, en carretes, en
colillas, junto con elementos pictóricos. Se ponía todo
ello en un marco. Y así se mostraba al público: mirad,
vuestro marco hace saltar el tiempo; el más minúsculo
pedazo auténtico de la vida cotidiana dice más que la
pintura. Igual que la sangrienta huella digital de un asesino sobre
la página de un libro dice más que el texto. No poco de
estos elementos revolucionarios se ha puesto a salvo en el fotomontaje.
No necesitamos pensar sino en los trabajos de John Heartfield, cuya
técnica ha hecho de las cubiertas de los libros un instrumento
político. Pero sigamos más allá la senda de la
fotografía. ¿Qué ven ustedes? Se va haciendo más
matizada, siempre más moderna, y el resultado es que no puede
ya fotografiar ninguna casa de vecindad, ningún montón
de basuras sin transfigurarlos. No hablemos de que estuviese en situación
de decir sobre un dique o una fábrica de cables otra cosa que
ésta: el mundo es bello. El mundo es bello es el título
del célebre libro de fotos de Renger-Patsch, en el cual vemos
en su cima a la fotografía neo-objetiva. Esto es que ha logrado
que incluso la miseria, captada de una manera perfeccionada y a la moda,
sea objeto de goce. Porque si una función económica de
la fotografía es llevar a las masas, por medio de elaboraciones
de moda, elementos que se hurtaban antes a su consumo (la primavera,
los personajes célebres, los países extranjeros), una
de sus funciones políticas consiste en renovar desde dentro el
mundo tal y como es. Con otras palabras, en renovarlo según la
moda.
Tenemos con esto un ejemplo drástico de eso que se llama pertrechar
un aparato de producción sin modificarlo. Modificarlo hubiese
significado, una vez más, derribar una de esas barreras, superar
una de esas contradicciones que tienen encadenada la producción
de la inteligencia. En este caso la barrera entre escritura e imagen.
Lo que tenemos que exigir a los fotógrafos es la capacidad de
dar a sus tomas la leyenda que las arranque del consumo y del desgaste
de la moda, otorgándoles valor de uso revolucionario. Pero con
mayor insistencia que nunca plantearemos dicha exigencia cuando nosotros,
los escritores, nos pongamos a fotografiar. También aquí
el progreso técnico es para el autor como productor la base de
su progreso político. Con otras palabras: sólo la superación
en el proceso de la producción espiritual de esas competencias
que, en secuela de la concepción burguesa, forman su orden, hará
que dicha producción sea políticamente adecuada; y, además,
dichas barreras competitivas de ambas fuerzas productoras, levantadas
para separarlas, deberán quebrarse conjuntamente. El autor como
productor experimenta —al experimentar su solidaridad con el proletariado—
inmediata solidaridad con algunos otros productores que antes no significaban
mucho para él. He hablado de los fotógrafos; quiero intercalar
con toda brevedad una frase sobre los músicos que nos viene de
Eisler: “También en la evolución de la música,
tanto en la producción como en la reproducción, tenemos
que aprender a percatarnos de un proceso de racionalización cada
vez más fuerte... El disco, el cine sonoro, los aparatos, pueden
distribuir ejecuciones musicales refinadas... en forma de conserva como
mercancía. Este proceso racionalizador tiene como consecuencia
que la reproducción musical se vaya limitando a un grupo de especialistas
cada vez menor, pero también mejor cualificado. La crisis de
la práctica de los conciertos es la crisis de una forma de producción
anticuada, superada por nuevos inventos técnicos.” La tarea
consistía, por tanto, en una transformación funcional
de la forma del concierto que debiera cumplir dos condiciones: marginar
primero la contraposición entre ejecutantes y auditores, y luego
la que existe entre técnica y contenidos. A este respecto hace
Eisler la siguiente averiguación verdaderamente ilustrativa:
“Hay que guardarse de supervalorar la música orquestal
y tenerla por el único arte elevado. La música sin palabras
sólo en el capitalismo ha cobrado su gran importancia y su expansión
plena.” Es decir, que la tarea de modificar el concierto no resulta
posible sin la colaboración de la palabra. Esta es la única
que, como formula Eisler, puede operar la transformación de un
concierto en un meeting político. Con la pieza didáctica
Medidas tomadas han demostrado Brecht y Eisler que semejante transformación
representa de hecho un tenor sumamente elevado de la técnica
musical y literaria.
Si vuelven
ustedes a considerar ahora el proceso de refundición de las formas
literarias del que hemos hablado, verán cómo la fotografía
y la música (y medirán cuántas otras cosas) entran
en esa masa incandescente en la que se funden las formas nuevas. Ven
ustedes cómo se confirma que la literarización de todas
las condiciones de vida es la única que da un concepto ajustado
del alcance de este proceso refundidor, igual que el estado de la lucha
de clases determina la temperatura bajo la que —más o menos
consumadamente— llega a producirse.
He hablado
del procedimiento de una cierta fotografía que está de
moda: hacer de la miseria objeto del consumo. Al aplicarme a la “nueva
objetividad” como movimiento literario, debo ir un paso más
adelante y decir que ha hecho objeto del consumo a la lucha contra la
miseria. De hecho su significación política se agotó
en muchos casos en la transposición de reflejos revolucionarios,
en tanto aparecían éstos en la burguesía, en temas
de dispersión, de diversión, que sin dificultad se ensamblaron
en la práctica cabaretística de la gran urbe. Lo característico
de esta literatura es transformar la lucha política de imperativo
para la decisión en un tema de complacencia contemplativa, de
un medio de producción en un artículo de consumo. Un crítico
lúcido lo ha aclarado en el ejemplo de Erich Kästner con
las siguientes consideraciones: “Esta inteligencia radical de
izquierdas nada tiene que ver con el movimiento obrero. Es más
bien, en cuanto fenómeno de descomposición burguesa, la
contrapartida de ese momento feudal que el Imperio admiró en
el teniente de reserva. Los publicistas radicales de izquierdas de la
estirpe de los Kästner, Meliring o Tucholsky son los miméticos
proletarios de capas burguesas que se han venido abajo. Su función
no es, vista políticamente, producir partidos, sino camarillas,
ni tampoco escuelas, vistos literalmente, sino modas, ni productores,
vistas económicamente, sino agentes. Agentes o mercenarios que
montan un gran tralalá con su pobreza y que se preparan una fiesta
con el vacío que abre sus fauces por aburrimiento. No podrían
instalarse más confortablemente en una situación incorfortable”.
Esta escuela,
he dicho, monta un gran tralalá con su pobreza. Con lo cual se
ha escapado del cometido más urgente del escritor actual: conocer
lo pobre que es y lo pobre que tiene que ser para poder empezar desde
el principio. Porque de eso se trata. El Estado soviético no
desterrará, como el platónico, al poeta, pero sí
—y por eso recordaba yo al comienzo el Estado platónico
le adjudicará tareas que no le permitan hacer espectáculo
en nuevas obras maestras con la riqueza, hace tiempo falsificada, de
la personalidad creadora. Esperar una renovación, en el sentido
de esas personalidades, de obras semejantes es un privilegio del fascismo,
que saca a este respecto a la luz del día formulaciones tan alocadas
como aquella con la que Günter Gründel redondea su rúbrica
literaria en la Misión de la generación joven: “No
podemos concluir mejor esta perspectiva y esta panorámica que
señalando que todavía no se han escrito hasta hoy el Wilhelm
Meister, el Heinrich el verde de nuestra generación”. Nada
puede estar más lejos del autor que haya pensado en serio las
condiciones de la producción actual que esperar y ni siquiera
desear tales obras. Jamás será su trabajo solamente el
trabajo aplicado a los productos, sino que siempre, y al mismo tiempo,
se aplicará a los medios de la producción. Con otras palabras:
sus productos tienen que poseer, junto y antes que su carácter
de obra, una función organizadora. Y, en modo alguno, debe limitarse
su utilidad organizativa a la propagandística. La tendencia sola
no basta. El excelente Lichtenberg ha dicho: “no importa qué
opiniones se tengan, sino qué tipo de hombre hacen las opiniones
a quien las tiene”. Claro que las opiniones importan mucho, pero
la mejor no sirve de nada si no hace algo útil de quienes las
tengan. La mejor tendencia es falsa si no enseña la actitud con
la que debe ser seguida. Y dicha actitud sólo la puede enseñar
el escritor cuando hace algo: a saber, escribiendo. La tendencia es
la condición necesaria, pero jamás suficiente, de una
función organizadora de las obras. Esta exige, además,
el comportamiento orientador e instructivo del que escribe. Y eso hay
que exigirlo hoy más que nunca. Un autor que no enseñe
a los escritores, no enseña a nadie. Resulta, pues, decisivo
el carácter modelo de la producción, que en, primer lugar,
instruye a otros productores en la producción y que, en segundo
lugar, es capaz de poner a su disposición un aparato mejorado.
Y dicho aparato será tanto mejor cuanto más consumidores
lleve a la producción, en una palabra, si está en situación
de hacer de los lectores o de los espectadores colaboradores. Tenemos
ya un modelo de este tipo, del cual sólo he hablado por alusiones.
Se trata del teatro épico de Brecht.
Una y
otra vez se escriben tragedias y óperas a cuya disposición
está en apariencia un aparato escénico acreditado por
el tiempo, mientras que, en realidad, no hacen más que pertrechar
un aparato claudicante. “Esa falta de claridad —dice Brecht—
que reina entre músicos, escritores y críticos, tiene
consecuencias enormes a las que se presta atención harto escasa.
Porque al opinar que están en posesión de un aparato,
que en realidad les posee a ellos, defienden uno sobre el cual no tienen
ya ningún control y que no es, según ellos creen, medio
para los productores, sino contra ellos.” Ese teatro de tramoya
complicada, de gigantesco reclutamiento de comparsas, de efectos refinadísimos
se ha convertido en un medio contra los productores, no en último
término porque busca ganar a éstos para la lucha competitiva,
carente de salida, en la que están enmarañados el cine
y la radio. Ese teatro —piénsese en el educativo o en el
recreativo, que ambos son complementarios y forman un todo— es
el de una capa social saturada a la que todo lo que su mano toca se
le convierte en estímulo. Su puesto está perdido. No así
el del teatro que, en lugar de competir con esos nuevos instrumentos
de difusión, procura aplicarlos y aprender de ellos, en una palabra,
que busca la confrontación. El teatro épico ha hecho cosa
suya de dicha confrontación. Conforme al estado actual de la
evolución del cine y de la radio, resulta a la altura de los
tiempos.
En interés
de esa confrontación, Brecht se ha retirado a los elementos más
originarios del teatro. En cierto modo se ha conformado con un podio.
Ha renunciado a acciones de vasto alcance. Y así es como ha logrado
modificar la interdependencia funcional entre escena y público,
texto y puesta en escena, director y actores. El teatro épico,
ha declarado, no tiene que desarrollar acciones tanto como exponer situaciones.
Esas situaciones, como veremos en seguida, las obtiene interrumpiendo
las acciones. Les recuerdo a ustedes las canciones, que tienen su función
primordial en la interrupción de la acción. El teatro
épico, por tanto, asimila —con el principio de la interrupción—,
un procedimiento que les resulta a ustedes familiar, por el cine y la
radio, en los últimos diez años. Me refiero al procedimiento
del montaje: lo montado interrumpe el contexto en el cual se monta.
Permítanme una breve indicación respecto de que tal procedimiento
es aquí donde quizá tenga su razón específica
y consumada.
La interrupción
de la acción, por cuya causa ha caracterizado Brecht su teatro
como épico, opera constantemente en contra de una ilusión
en el público. Tal ilusión es inservible para un teatro
que se propone tratar la realidad con intenciones probatorias. Las situaciones
están al final y no al principio de esta tentativa. Situaciones
que, cobrando una figura u otra, son siempre las nuestras. No se las
acerca al espectador, sino que se las aleja de él. Las reconoce
como las situaciones reales no con suficiencia, tal en el teatro naturalista,
sino con asombro. Esto es, que el teatro épico no reproduce situaciones,
más bien las descubre. El descubrimiento se realiza por medio
de la interrupción del curso de los hechos. Sólo que la
interrupción no tiene aquí carácter estimulante,
sino que posee una función organizativa. Detiene la acción
en su curso y fuerza así al espectador a tomar postura ante el
suceso y a que el actor la tome respecto de su papel. Quiero con un
ejemplo mostrarles a ustedes cómo el hallazgo y la configuración
brechtianos de lo gestual no significan sino una reconversión
de los métodos del montaje, decisivos en la radio y en el cine,
que de un procedimiento a menudo sólo en boga pasan a ser un
acontecimiento humano. Imagínense ustedes una escena de familia:
la mujer está a punto de coger un bronce para arrojarlo a la
hija; el padre, a punto de abrir la ventana para pedir ayuda. En ese
instante aparece un extraño. El proceso queda interrumpido; lo
que en su lugar pasa a primer plano es la situación con la que
tropieza la mirada del extraño: rostros alterados, ventana abierta,
mobiliario devastado. Pero hay también una mirada ante la cual
las escenas más acostumbradas de la existencia actual no se presentan
de manera muy diferente. Se trata de la mirada del dramaturgo épico.
Este enfrenta
el laboratorio dramático a la obra de arte total. Vuelve a emprenderla,
de una nueva manera, con la gran suerte antigua del teatro: la exposición
del que está presente. En el centro de su tentativa está
el hombre. El hombre actual; un hombre, por tanto, reducido, congelado
en un entorno frío. Pero como éste es el único
del que disponemos, nos interesa conocerle. Se le somete a pruebas,
a dictámenes. Esto es lo que resulta: lo que sucede no es modificable
en sus puntos culminantes, no lo es por medio de la virtud y la decisión,
sino únicamente en su decurso estrictamente habitual por medio
de la razón y de la práctica. El sentido del teatro épico
es construir desde los más pequeños elementos de los modos
de comportamiento, lo que en la dramaturgia aristotélica se llamaba
«acción». Sus medios son, pues, más modestos
que los del teatro tradicional; sus metas lo son igualmente. Pretende
menos colmar al público con sentimientos, aunque éstos
sean los de la rebelión, y más enajenarlo de las situaciones
en las que vive por medio de un pensamiento insistente. Advirtamos no
más que marginalmente que no hay mejor punto de arranque para
el pensamiento que la risa. Y una conmoción del diafragma ofrece
casi siempre mejores perspectivas al pensamiento que la conmoción
del alma. El teatro épico sólo es opulento suscitando
carcajadas.
Quizá
hayan caído ustedes en la cuenta de que esta cadena de pensamientos,
ante cuya conclusión nos encontramos, le presenta al escritor
sólo una exigencia, la exigencia de cavilar, de reflexionar sobre
su posición en el proceso de producción. Podemos estar
seguros: esta reflexión lleva en los escritores que importan,
esto es, en los mejores técnicos de su especialidad, más
tarde o más temprano a averiguaciones que de la manera más
sobria fundamentan su solidaridad con el proletariado. Quisiera, para
terminar, exponerles una documentación actual en la figura de
un breve pasaje de la revista Commune. Commune ha organizado una encuesta:
“¿Para quién escribe usted?” Cito de la respuesta
de René Maublanc, así como de las observaciones que siguen
de Aragon. “Indudablemente escribo —dice Maublanc—
casi exclusivamente para un público burgués. Primero porque
estoy obligado a ello —Maublanc alude aquí a sus obligaciones
profesionales como maestro; segundo, porque mi origen es burgués,
porque he sido educado en la burguesía y porque procedo de un
medio burgués, tanto que soy proclive a dirigirme a la clase
a la que pertenezco, que es la que mejor conozco y la que puedo en tender
mejor. Lo cual no quiere decir, desde luego, que escriba para darle
gusto o para apoyarla. Por un lado, estoy convencido de que la revolución
proletaria es deseable y necesaria, y por otro lado, de que será
tanto más rápida, fácil, victoriosa, y tanto menos
sangrienta cuanto más débil sea la resistencia de la burguesía.
El proletariado necesita hoy aliados del campo de la burguesía,
igual que en el siglo XVIII la burguesía necesitó aliados
del campo feudal. Yo quisiera estar entre esos aliados.”
A este respecto observa Aragon: “Nuestro camarada toca aquí
un estado de cosas que concierne a un gran número de escritores
actuales. No todos tienen el coraje de mirarle de frente... Son escasos
los que, como René Maublanc, alcanzan tal claridad sobre su propia
situación. Pero es precisamente de éstos de los que hay
que exigir más... No basta con debilitar a la burguesía
desde dentro, hay que combatirla con el proletariado... Ante René
Maublanc y muchos de nuestros amigos entre los escritores, que todavía
vacilan, se alza el ejemplo de los escritores de la Rusia soviética
que proceden de la burguesía rusa y que, sin embargo, se han
hecho pioneros de la edificación del socialismo.”
Hasta
aquí Aragon. Pero, ¿cómo han llegado a ser pioneros?
Desde luego que no sin luchas muy enconadas, sin confrontaciones sumamente
arduas. Las reflexiones que he expuesto ante ustedes constituyen el
intento de sacarles rendimiento a esas luchas. Se apoyan en el concepto
al que debe su clarificación decisiva el debate acerca de la
actitud de los intelectuales rusos: el concepto de especialista. La
solidaridad del especialista con el proletariado —y en ello consiste
el comienzo de esa clarificación— no puede ser sino mediada.
Los activistas y los representantes de la nueva objetividad han podido
conducirse como hayan querido: no pudieron abolir el hecho de que la
proletarización del intelectual casi nunca crea un proletario.
¿Por qué? Porque la clase burguesa le ha dotado, en forma
de educación, de un medio de producción que, sobre la
base del privilegio de haber sido educado, le hace solidario de ella,
y más aún a ella solidaria de él. Es, por tanto,
completamente acertado que Aragon, en otro contexto, explique: “El
intelectual revolucionario aparece por de pronto y sobre todo como traidor
a su clase de origen.” Esa traición consiste en el escritor
en un comportamiento que de proveedor de un aparato de producción
le convierte en un ingeniero que ve su tarea en acomodar dicho aparato
a las finalidades de la revolución proletaria. Es una eficacia
mediadora, pero libera al intelectual de aquel cometido puramente destructivo
al que Maublanc, junto con muchos camaradas, parece creer que debe limitarse.
¿Logra favorecer la socialización de los medios espirituales
de producción? ¿Ve caminos para organizar a los trabajadores
espirituales en el proceso de producción? ¿Tiene propuestas
para la transformación funcional de la novela, del drama, del
poema? Cuanto más adecuadamente sea capaz de orientar su actividad
a esta tarea, más justa será su tendencia, y por tanto,
necesariamente más elevada, su calidad técnica. Y por
otro lado: cuanto con mayor exactitud conozca de este modo su puesto
en el proceso de producción, menos se le ocurrirá pensar
en hacerse pasar por un “espiritual”. El espíritu,
que se hace perceptible en nombre del fascismo, tiene que desaparecer.
El espíritu, que se le enfrenta con la confianza de su propia
virtud milagrosa, desaparecerá. Porque la lucha revolucionaria
no se juega entre el capitalismo y el espíritu, sino entre el
capitalismo y el proletariado.
WALTER
BENJAMIN: “LA OBRA DE ARTE EN LA ÉPOCA DE SU REPRODUCTIBILIDAD
TÉCNICA” (1936)
Traducción de Jesús Aguirre
Ed. Taurus, Madrid 1973.
“En un tiempo muy distinto del nuestro, y por hombres cuyo poder
de acción sobre las cosas era insignificante comparado con el
que nosotros poseemos, fueron instituidas nuestras Bellas Artes y fijados
sus tipos y usos. Pero el acrecentamiento sorprendente de nuestros medios,
la flexibilidad y la precisión que éstos alcanzan, las
ideas y costumbres que introducen, nos aseguran respecto de cambios
próximos y profundos en la antigua industria de lo Bello. En
todas las artes hay una parte física que no puede ser tratada
como antaño, que no puede sustraerse a la acometividad del conocimiento
y la fuerza modernas. Ni la materia, ni el espacio, ni el tiempo son,
desde hace veinte años, lo que han venido siendo desde siempre.
Es preciso contar con que novedades tan grandes transformen toda la
técnica de las artes y operen por tanto sobre la inventiva, llegando
quizás hasta a modificar de una manera maravillosa la noción
misma del arte.”
Paul Valéry, Pièces sur l'art («La conquéte
de l'ubiquité»).
PRÓLOGO
Cuando Marx emprendió el análisis de la producción
capitalista estaba ésta en sus comienzos. Marx orientaba su empeño
de modo que cobrase valor de pronóstico. Se remontó hasta
las relaciones fundamentales de dicha producción y las expuso
de tal guisa que resultara de ellas lo que en el futuro pudiera esperarse
del capitalismo. Y resultó que no sólo cabía esperar
de él una explotación crecientemente agudizada de los
proletarios, sino, además, el establecimiento de condiciones
que posibilitan su propia abolición.
La transformación de la superestructura, que ocurre mucho más
lentamente que la de la infraestructura, ha necesitado más de
medio siglo para hacer vigente en todos los campos de la cultura el
cambio de las condiciones de producción. En qué forma
sucedió, es algo que sólo hoy puede indicarse. Pero de
esas indicaciones debemos requerir determinados pronósticos.
Poco corresponderán a tales requisitos las tesis sobre el arte
del proletariado después de su toma del poder; mucho menos todavía
algunas sobre el de la sociedad sin clases; más en cambio unas
tesis acerca de las tendencias evolutivas del arte bajo las actuales
condiciones de producción. Su dialéctica no es menos perceptible
en la superestructura que en la economía. Por eso sería
un error menospreciar su valor combativo. Dichas tesis dejan de lado
una serie de conceptos heredados (como creación y genialidad,
perennidad y misterio), cuya aplicación incontrolada, y por el
momento difícilmente controlable, lleva a la elaboración
del material fáctico en el sentido fascista. Los conceptos que
seguidamente introducimos por vez primera en la teoría del arte
se distinguen de los usuales en que resultan por completo inútiles
para los fines del fascismo. Por el contrario, son utilizables para
la formación de exigencias revolucionarias en la política
artística.
1
La obra de arte ha sido siempre fundamentalmente susceptible de reproducción.
Lo que los hombres habían hecho, podía ser imitado por
los hombres. Los alumnos han hecho copias como ejercicio artístico,
los maestros las hacen para difundir las obras, y finalmente copian
también terceros ansiosos de ganancias. Frente a todo ello, la
reproducción técnica de la obra de arte es algo nuevo
que se impone en la historia intermitentemente, a empellones muy distantes
unos de otros, pero con intensidad creciente. Los griegos sólo
conocían dos procedimientos de reproducción técnica:
fundir y acuñar. Bronces, terracotas y monedas eran las únicas
obras artísticas que pudieron reproducir en masa. Todas las restantes
eran irrepetibles y no se prestaban a reproducción técnica
alguna. La xilografía hizo que por primera vez se reprodujese
técnicamente el dibujo, mucho tiempo antes de que por medio de
la imprenta se hiciese lo mismo con la escritura. Son conocidas las
modificaciones enormes que en la literatura provocó la imprenta,
esto es, la reproductibilidad técnica de la escritura. Pero a
pesar de su importancia, no representan más que un caso especial
del fenómeno que aquí consideramos a escala de historia
universal. En el curso de la Edad Media se añaden a la xilografía
el grabado en cobre y el aguafuerte, así como la litografía
a comienzos del siglo diecinueve.
Con la litografía, la técnica de la reproducción
alcanza un grado fundamentalmente nuevo. El procedimiento, mucho más
preciso, que distingue la transposición del dibujo sobre una
piedra de su incisión en taco de madera o de su grabado al aguafuerte
en una plancha de cobre, dio por primera vez al arte gráfico
no sólo la posibilidad de poner masivamente (como antes) sus
productos en el mercado, sino, además, la de ponerlos en figuraciones
cada día nuevas. La litografía capacitó al dibujo
para acompañar, ilustrándola, la vida diaria. Comenzó
entonces a ir al paso con la imprenta. Pero en estos comienzos fue aventajado
por la fotografía pocos decenios después de que se inventara
la impresión litográfica. En el proceso de la reproducción
plástica, la mano se descarga por primera vez de las incumbencias
artísticas más importantes que en adelante van a concernir
únicamente al ojo que mira por el objetivo. El ojo es más
rápido captando que la mano dibujando; por eso se ha apresurado
tantísimo el proceso de la reproducción plástica
que ya puede ir a paso con la palabra hablada. Al rodar en el estudio,
el operador de cine fija las imágenes con la misma velocidad
con la que el actor habla. En la litografía se escondía
virtualmente el periódico ilustrado y en la fotografía
el cine sonoro. La reproducción técnica del sonido fue
empresa acometida a finales del siglo pasado. Todos estos esfuerzos
convergentes hicieron previsible una situación que Paul Valéry
caracteriza con la frase siguiente: «Igual que el agua, el gas
y la corriente eléctrica vienen a nuestras casas, para servimos,
desde lejos y por medio de una manipulación casi imperceptible,
así estamos también provistos de imágenes y de
series de sonidos que acuden a un pequeño toque, casi a un signo,
y que del mismo modo nos abandonan». Hacia 1900 la reproducción
técnica había alcanzado un standard en el que no sólo
comenzaba a convertir en tema propio la totalidad de las obras de arte
heredadas (sometiendo, además, su función a modificaciones
hondísimas), sino que también conquistaba un puesto específico
entre los procedimientos artísticos. Nada resulta más
instructivo para el estudio de ese standard que referir dos manifestaciones
distintas, la reproducción de la obra artística y el cine,
al arte en su figura tradicional.
2
Incluso en la reproducción mejor acabada falta algo: el aquí
y ahora de la obra de arte, su existencia irrepetible en el lugar en
que se encuentra. En dicha existencia singular, y en ninguna otra cosa,
se realizó la historia a la que ha estado sometida en el curso
de su perduración. También cuentan las alteraciones que
haya padecido en su estructura física a lo largo del tiempo,
así como sus eventuales cambios de propietario. No podemos seguir
el rastro de las primeras más que por medio de análisis
físicos o químicos impracticables sobre una reproducción;
el de los segundos es tema de una tradición cuya búsqueda
ha de partir del lugar de origen de la obra.
El aquí y ahora del original constituye el concepto de su autenticidad.
Los análisis químicos de la pátina de un bronce
favorecerán que se fije si es auténtico; correspondientemente,
la comprobación de que un determinado manuscrito medieval procede
de un archivo del siglo XV favorecerá la fijación de su
autenticidad. El ámbito entero de la autenticidad se sustrae
a la reproductibilidad técnica —y desde luego que no sólo
a la técnica—. Cara a la reproducción manual, que
normalmente es catalogada como falsificación, lo auténtico
conserva su autoridad plena, mientras que no ocurre lo mismo cara a
la reproducción técnica. La razón es doble. En
primer lugar, la reproducción técnica se acredita como
más independiente que la manual respecto del original. En la
fotografía, por ejemplo, pueden resaltar aspectos del original
accesibles únicamente a una lente manejada a propio antojo con
el fin de seleccionar diversos puntos de vista, inaccesibles en cambio
para el ojo humano. 0 con ayuda de ciertos procedimientos, como la ampliación
o el retardador, retendrá imágenes que se le escapan sin
más a la óptica humana. Además, puede poner la
copia del original en situaciones inasequibles para éste. Sobre
todo le posibilita salir al encuentro de su destinatario, ya sea en
forma de fotografía o en la de disco gramofónico. La catedral
deja su emplazamiento para encontrar acogida en el estudio de un aficionado
al arte; la obra coral, que fue ejecutada en una sala o al aire libre,
puede escucharse en una habitación.
Las circunstancias en que se ponga al producto de la reproducción
de una obra de arte, quizás dejen intacta la consistencia de
ésta, pero en cualquier caso deprecian su aquí y ahora.
Aunque en modo alguno valga esto sólo para una obra artística,
sino que parejamente vale también, por ejemplo, para un paisaje
que en el cine transcurre ante el espectador. Sin embargo, el proceso
aqueja en el objeto de arte una médula sensibilísima que
ningún objeto natural posee en grado tan vulnerable. Se trata
de su autenticidad. La autenticidad de una cosa es la cifra de todo
lo que desde el origen puede transmitirse en ella desde su duración
material hasta su testificación histórica. Como esta última
se funda en la primera, que a su vez se le escapa al hombre en la reproducción,
por eso se tambalea en ésta la testificación histórica
de la cosa. Claro que sólo ella; pero lo que se tambalea de tal
suerte es su propia autoridad.
Resumiendo todas estas deficiencias en el concepto de aura, podremos
decir: en la época de la reproducción técnica de
la obra de arte lo que se atrofia es el aura de ésta. El proceso
es sintomático; su significación señala por encima
del ámbito artístico. Conforme a una formulación
general: la técnica reproductiva desvincula lo reproducido del
ámbito de la tradición. Al multiplicar las reproducciones
pone su presencia masiva en el lugar de una presencia irrepetible. Y
confiere actualidad a lo reproducido al permitirle salir, desde su situación
respectiva, al encuentro de cada destinatario. Ambos procesos conducen
a una fuerte conmoción de lo transmitido, a una conmoción
de la tradición, que es el reverso de la actual crisis y de la
renovación de la humanidad. Están, además, en estrecha
relación con los movimientos de masas de nuestros días.
Su agente más poderoso es el cine. La importancia social de éste
no es imaginable incluso en su forma más positiva, y precisamente
en ella, sin este otro lado suyo destructivo, catártico: la liquidación
del valor de la tradición en la herencia cultural. Este fenómeno
es sobre todo perceptible en las grandes películas históricas.
Es éste un terreno en el que constantemente toma posiciones.
Y cuando Abel Gance proclamó con entusiasmo en 1927: «Shakespeare,
Rembrandt, Beethoven, harán cine... Todas las leyendas, toda
la mitología y todos los mitos, todos los fundadores de religiones
y todas las religiones incluso... esperan su resurrección luminosa,
y los héroes se apelotonan, para entrar, ante nuestras puertas»
nos estaba invitando, sin saberlo, a una liquidación general.
3
Dentro de grandes espacios históricos de tiempo se modifican,
junto con toda la existencia de las colectividades humanas, el modo
y manera de su percepción sensorial. Dichos modo y manera en
que esa percepción se organiza, el medio en el que acontecen,
están condicionados no sólo natural, sino también
históricamente. El tiempo de la Invasión de los Bárbaros,
en el cual surgieron la industria artística del Bajo Imperio
y el Génesis de Viena, trajo consigo además de un arte
distinto del antiguo una percepción también distinta.
Los eruditos de la escuela vienesa, Riegel y Wickhoff, hostiles al peso
de la tradición clásica que sepultó aquel arte,
son los primeros en dar con la ocurrencia de sacar de él conclusiones
acerca de la organización de la percepción en el tiempo
en que tuvo vigencia. Por sobresalientes que fueran sus conocimientos,
su limitación estuvo en que nuestros investigadores se contentaron
con indicar la signatura formal propia de la percepción en la
época del Bajo Imperio. No intentaron (quizás ni siquiera
podían esperarlo) poner de manifiesto las transformaciones sociales
que hallaron expresión en esos cambios de la sensibilidad. En
la actualidad son más favorables las condiciones para un atisbo
correspondiente. Y si las modificaciones en el medio de la percepción
son susceptibles de que nosotros, sus coetáneos, las entendamos
como desmoronamiento del aura, sí que podremos poner de bulto
sus condicionamientos sociales.
Conviene ilustrar el concepto de aura, que más arriba hemos propuesto
para temas históricos, en el concepto de un aura de objetos naturales.
Definiremos esta última como la manifestación irrepetible
de una lejanía (por cercana que pueda estar). Descansar en un
atardecer de verano y seguir con la mirada una cordillera en el horizonte
o una rama que arroja su sombra sobre el que reposa, eso es aspirar
el aura de esas montañas, de esa rama. De la mano de esta descripción
es fácil hacer una cala en los condicionamientos sociales del
actual desmoronamiento del aura. Estriba éste en dos circunstancias
que a su vez dependen de la importancia creciente de las masas en la
vida de hoy. A saber: acercar espacial y humanamente las cosas es una
aspiración de las masas actuales tan apasionada como su tendencia
a superar la singularidad de cada dato acogiendo su reproducción.
Cada día cobra una vigencia más irrecusable la necesidad
de adueñarse de los objetos en la más próxima de
las cercanías, en la imagen, más bien en la copia, en
la reproducción. Y la reproducción, tal y como la aprestan
los periódicos ilustrados y los noticiarios, se distingue inequívocamente
de la imagen. En ésta, la singularidad y la perduración
están imbricadas una en otra de manera tan estrecha como lo están
en aquélla la fugacidad y la posible repetición. Quitarle
su envoltura a cada objeto, triturar su aura, es la signatura de una
percepción cuyo sentido para lo igual en el mundo ha crecido
tanto que incluso, por medio de la reproducción, le gana terreno
a lo irrepetible. Se denota así en el ámbito plástico
lo que en el ámbito de la teoría advertimos como un aumento
de la importancia de la estadística. La orientación de
la realidad a las masas y de éstas a la realidad es un proceso
de alcance ilimitado tanto para el pensamiento como para la contemplación.
4
La unicidad de la obra de arte se identifica con su ensamblamiento en
el contexto de la tradición. Esa tradición es desde luego
algo muy vivo, algo extraordinariamente cambiante. Una estatua antigua
de Venus, por ejemplo, estaba en un contexto tradicional entre los griegos,
que hacían de ella objeto de culto, y en otro entre los clérigos
medievales que la miraban como un ídolo maléfico. Pero
a unos y a otros se les enfrentaba de igual modo su unicidad, o dicho
con otro término: su aura. La índole original del ensamblamiento
de la obra de arte en el contexto de la tradición encontró
su expresión en el culto. Las obras artísticas más
antiguas sabemos que surgieron al servicio de un ritual primero mágico,
luego religioso. Es de decisiva importancia que el modo aurático
de existencia de la obra de arte jamás se desligue de la función
ritual. Con otras palabras: el valor único de la auténtica
obra artística se funda en el ritual en el que tuvo su primer
y original valor útil. Dicha fundamentación estará
todo lo mediada que se quiera, pero incluso en las formas más
profanas del servicio a la belleza resulta perceptible en cuanto ritual
secularizado. Este servicio profano, que se formó en el Renacimiento
para seguir vigente por tres siglos, ha permitido, al transcurrir ese
plazo y a la primera conmoción grave que le alcanzara, reconocer
con toda claridad tales fundamentos. Al irrumpir el primer medio de
reproducción de veras revolucionario, a saber la fotografía
(a un tiempo con el despunte del socialismo), el arte sintió
la proximidad de la crisis (que después de otros cien años
resulta innegable), y reaccionó con la teoría de «l'art
pour l'art», esto es, con una teología del arte. De ella
procedió ulteriormente ni más ni menos que una teología
negativa en figura de la idea de un arte “puro” que rechaza
no sólo cualquier función social, sino, además,
toda determinación por medio de un contenido objetual. (En la
poesía, Mallarmé ha sido el primero en alcanzar esa posición.)
Hacer justicia a esta serie de hechos resulta indispensable para una
cavilación que tiene que habérselas con la obra de arte
en la época de su reproducción técnica. Esos hechos
preparan un atisbo decisivo en nuestro tema: por primera vez en la historia
universal, la reproductibilidad técnica emancipa a la obra artística
de su existencia parasitaria en un ritual. La obra de arte reproducida
se convierte, en medida siempre creciente, en reproducción de
una obra artística dispuesta para ser reproducida. De la placa
fotográfica, por ejemplo, son posibles muchas copias; preguntarse
por la copia auténtica no tendría sentido alguno. Pero
en el mismo instante en que la norma de la autenticidad fracasa en la
producción artística, se trastorna la función íntegra
del arte. En lugar de su fundamentación en un ritual aparece
su fundamentación en una praxis distinta, a saber en la política.
5
La recepción de las obras de arte sucede bajo diversos acentos
entre los cuales hay dos que destacan por su polaridad. Uno de esos
acentos reside en el valor cultual, el otro en el valor exhibitivo de
la obra artística. La producción artística comienza
con hechuras que están al servicio del culto. Presumimos que
es más importante que dichas hechuras estén presentes
y menos que sean vistas. El alce que el hombre de la Edad de Piedra
dibuja en las paredes de su cueva es un instrumento mágico. Claro
que lo exhibe ante sus congéneres; pero está sobre todo
destinado a los espíritus. Hoy nos parece que el valor cultual
empuja a la obra de arte a mantenerse oculta: ciertas estatuas de dioses
sólo son accesibles a los sacerdotes en la “cella”.
Ciertas imágenes de Vírgenes permanecen casi todo el año
encubiertas, y determinadas esculturas de catedrales medievales no son
visibles para el espectador que pisa el santo suelo. A medida que las
ejercitaciones artísticas se emancipan del regazo ritual, aumentan
las ocasiones de exhibición de sus productos. La capacidad exhibitiva
de un retrato de medio cuerpo, que puede enviarse de aquí para
allá, es mayor que la de la estatua de un dios, cuyo puesto fijo
es el interior del templo. Y si quizás la capacidad exhibitiva
de una misa no es de por sí menor que la de una sinfonía,
la sinfonía ha surgido en un tiempo en el que su exhibición
prometía ser mayor que la de una misa.
Con los diversos métodos de su reproducción técnica
han crecido en grado tan fuerte las posibilidades de exhibición
de la obra de arte, que el corrimiento cuantitativo entre sus dos polos
se toma, como en los tiempos primitivos, en una modificación
cualitativa de su naturaleza. A saber, en los tiempos primitivos, y
a causa de la preponderancia absoluta de su valor cultual, fue en primera
línea un instrumento de magia que sólo más tarde
se reconoció en cierto modo como obra artística; y hoy
la preponderancia absoluta de su valor exhibitivo hace de ella una hechura
con funciones por entero nuevas entre las cuales la artística
—la que nos es consciente— se destaca como la que más
tarde tal vez se reconozca en cuanto accesoria. Por lo menos es seguro
que actualmente la fotografía y además, el cine proporcionan
las aplicaciones más útiles de ese conocimiento.
6
En la fotografía, el valor exhibitivo comienza a reprimir en
toda la línea al valor cultual. Pero éste no cede sin
resistencia. Ocupa una última trinchera que es el rostro humano.
En modo alguno es casual que en los albores de la fotografía
el retrato ocupe un puesto central. El valor cultual de la imagen tiene
su último refugio en el culto al recuerdo de los seres queridos,
lejanos o desaparecidos. En las primeras fotografías vibra por
vez postrera el aura en la expresión de una cara humana. Y esto
es lo que constituye su belleza melancólica e incomparable. Pero
cuando el hombre se retira de la fotografía, se opone entonces,
superándolo, el valor exhibitivo al cultual. Atget es sumamente
importante por haber localizado este proceso al retener hacia 1900 las
calles de París en aspectos vacíos de gente. Con mucha
razón se ha dicho de él que las fotografió como
si fuesen el lugar del crimen. Porque también éste está
vacío y se le fotografía a causa de los indicios. Con
Atget comienzan las placas fotográficas a convertirse en pruebas
en el proceso histórico. Y así es como se forma su secreta
significación histórica. Exigen una recepción en
un sentido determinado. La contemplación de vuelos propios no
resulta muy adecuada. Puesto que inquietan hasta tal punto a quien las
mira, que para ir hacia ellas siente tener que buscar un determinado
camino. Simultáneamente los periódicos ilustrados empiezan
a presentarle señales indicadoras. Acertadas o erróneas,
da lo mismo. Por primera vez son en esos periódicos obligados
los pies de las fotografías. Y claro está que éstos
tienen un carácter muy distinto al del título de un cuadro.
El que mira una revista ilustrada recibe de los pies de sus imágenes
unas directivas que en el cine se harán más precisas e
imperiosas, ya que la comprensión de cada imagen aparece prescrita
por la serie de todas las imágenes precedentes.
7
Aberrante y enmarañada se nos antoja hoy la disputa sin cuartel
que al correr el siglo diecinueve mantuvieron la fotografía y
la pintura en cuanto al valor artístico de sus productos. Pero
no pondremos en cuestión su importancia, sino que más
bien podríamos subrayarla. De hecho esa disputa era expresión
de un trastorno en la historia universal del que ninguno de los dos
contendientes era consciente. La época de su reproductibilidad
técnica desligó al arte de su fundamento cultual: y el
halo de su autonomía se extinguió para siempre. Se produjo
entonces una modificación en la función artística
que cayó fuera del campo de visión del siglo. E incluso
se le ha escapado durante tiempo al siglo veinte, que es el que ha vivido
el desarrollo del cine.
En vano se aplicó por de pronto mucha agudeza para decidir si
la fotografía es un arte (sin plantearse la cuestión previa
sobre si la invención de la primera no modificaba por entero
el carácter del segundo). Enseguida se encargaron los teóricos
del cine de hacer el correspondiente y precipitado planteamiento. Pero
las dificultades que la fotografía deparó a la estética
tradicional fueron juego de niños comparadas con las que aguardaban
a esta última en el cine. De ahí esa ciega vehemencia
que caracteriza los comienzos de la teoría cinematográfica.
Abel Gance, por ejemplo, compara el cine con los jeroglíficos:
“Henos aquí, en consecuencia de un prodigioso retroceso,
otra vez en el nivel de expresión de los egipcios... El lenguaje
de las imágenes no está todavía a punto, porque
nosotros no estamos aún hechos para ellas. No hay por ahora suficiente
respeto, suficiente culto por lo que expresan”. También
Séverin-Mars escribe: “¿Qué otro arte tuvo
un sueño más altivo... a la vez más poético
y más real? Considerado desde este punto de vista representaría
el cine un medio incomparable de expresión, y en su atmósfera
debieran moverse únicamente personas del más noble pensamiento
y en los momentos más perfectos y misteriosos de su carrera”.
Por su parte, Alexandre Arnoux concluye una fantasía sobre el
cine mudo con tamaña pregunta: “Todos los términos
audaces que acabamos de emplear, ¿no definen al fin y al cabo
la oración?”. Resulta muy instructivo ver cómo,
obligados por su empeño en ensamblar el cine en el arte, esos
teóricos ponen en su interpretación, y por cierto sin
reparo de ningún tipo, elementos culturales. Y, sin embargo,
cuando se publicaron estas especulaciones ya existían obras como
La opinión pública y La quimera del oro. Lo cual no impide
a Abel Gance aducir la comparación con los jeroglíficos
y a Séverin-Mars hablar del cine como podría hablarse
de las pinturas de Fra Angélico. Es significativo que autores
especialmente reaccionarios busquen hoy la importancia del cine en la
misma dirección, si no en lo sacral, sí desde luego en
lo sobrenatural. Con motivo de la realización de Reinhardt del
Sueño de una noche de verano afirma Werfel que no cabe duda de
que la copia estéril del mundo exterior con sus calles, sus interiores,
sus estaciones, sus restaurantes, sus autos y sus playas es lo que hasta
ahora ha obstruido el camino para que el cine ascienda al reino del
arte. “El cine no ha captado todavía su verdadero sentido,
sus posibilidades reales... Estas consisten en su capacidad singularísima
para expresar, con medios naturales y con una fuerza de convicción
incomparable, lo quimérico, lo maravilloso, lo sobrenatural”.
8
En definitiva, el actor de teatro presenta él mismo en persona
al público su ejecución artística; por el contrario,
la del actor de cine es presentada por medio de todo un mecanismo. Esto
último tiene dos consecuencias. El mecanismo que pone ante el
público la ejecución del actor cinematográfico
no está atenido a respetarla en su totalidad. Bajo la guía
del cámara va tomando posiciones a su respecto. Esta serie de
posiciones, que el montador compone con el material que se le entrega,
constituye la película montada por completo. La cual abarca un
cierto número de momentos dinámicos que en cuanto tales
tienen que serle conocidos a la cámara (para no hablar de enfoques
especiales o de grandes planos). La actuación del actor está
sometida, por tanto, a una serie de tests ópticos. Y ésta
es la primera consecuencia de que su trabajo se exhiba por medio de
un mecanismo. La segunda consecuencia estriba en que este actor, puesto
que no es él mismo quien presenta a los espectadores su ejecución,
se ve mermado en la posibilidad, reservada al actor de teatro, de acomodar
su actuación al público durante la función. El
espectador se encuentra pues en la actitud del experto que emite un
dictamen sin que para ello le estorbe ningún tipo de contacto
personal con el artista. Se compenetra con el actor sólo en tanto
que se compenetra con el aparato. Adopta su actitud: hace test. Y no
es ésta una actitud a la que puedan someterse valores culturales.
9
Al cine le importa menos que el actor represente ante el público
un personaje; lo que le importa es que se represente a si mismo ante
el mecanismo. Pirandello ha sido uno de los primeros en dar con este
cambio que los tests imponen al actor. Las advertencias que hace a este
respecto en su novela “Se rueda” quedan perjudicadas, pero
sólo un poco, al limitarse a destacar el lado negativo del asunto.
Menos aún les daña que se refieran únicamente al
cine mudo. Puesto que el cine sonoro no ha introducido en este orden
ninguna alteración fundamental. Sigue siendo decisivo representar
para un aparato —o en el caso del cine sonoro para dos. “El
actor de cine”, escribe Pirandello, “se siente como en el
exilio. Exiliado no sólo de la escena, sino de su propia persona.
Con un oscuro malestar percibe el vacío inexplicable debido a
que su cuerpo se convierte en un síntoma de deficiencia que se
volatiliza y al que se expolia de su realidad, de su vida, de su voz
y de los ruidos que produce al moverse, transformándose entonces
en una imagen muda que tiembla en la pantalla un instante y que desaparece
enseguida quedamente... La pequeña máquina representa
ante el público su sombra, pero él tiene que contentarse
con representar ante la máquina”. He aquí un estado
de cosas que podríamos caracterizar así: por primera vez
—y esto es obra del cine— llega el hombre a la situación
de tener que actuar con toda su persona viva, pero renunciando a su
aura. Porque el aura está ligada a su aquí y ahora. Del
aura no hay copia. La que rodea a Macbeth en escena es inseparable de
la que, para un público vivo, ronda al actor que le representa.
Lo peculiar del rodaje en el estudio cinematográfico consiste
en que los aparatos ocupan el lugar del público. Y así
tiene que desaparecer el aura del actor y con ella la del personaje
que representa.
No es sorprendente que en su análisis del cine un dramaturgo
como Pirandello toque instintivamente el fondo de la crisis que vemos
sobrecoge al teatro. La escena teatral es de hecho la contrapartida
más resuelta respecto de una obra de arte captada íntegramente
por la reproducción técnica y que incluso, como el cine,
procede de ella. Así lo confirma toda consideración mínimamente
intrínseca. Espectadores peritos, como Arnheim en 1932, se han
percatado hace tiempo de que en el cine “casi siempre se logren
los mayores efectos si se actúa lo menos posible... El último
progreso consiste en que se trata al actor como a un accesorio escogido
característicamente... al cual se coloca en un lugar adecuado”.
Pero hay otra cosa que tiene con esto estrecha conexión. El artista
que actúa en escena se transpone en un papel. Lo cual se le niega
frecuentemente al actor de cine. Su ejecución no es unitaria,
sino que se compone de muchas ejecuciones. Junto a miramientos ocasionales
por el precio del alquiler de los estudios, por la disponibilidad de
los colegas, por el decorado, etc., son necesidades elementales de la
maquinaria las que desmenuzan la actuación del artista en una
serie de episodios montables. Se trata sobre todo de la iluminación,
cuya instalación obliga a realizar en muchas tomas, distribuidas
a veces en el estudio en horas diversas, la exposición de un
proceso que en la pantalla aparece como un veloz decurso unitario. Para
no hablar de montajes mucho más palpables. El salto desde una
ventana puede rodarse en forma de salto desde el andamiaje en los estudios
y, si se da el caso, la fuga subsiguiente se tomará semanas más
tarde en exteriores. Por lo demás es fácil construir casos
muchísimo más paradójicos. Tras una llamada a la
puerta se exige del actor que se estremezca. Quizás ese sobresalto
no ha salido tal y como se desea. El director puede entonces recurrir
a la estratagema siguiente: cuando el actor se encuentre ocasionalmente
otra vez en el estudio le disparan, sin que él lo sepa, un tiro
por la espalda. Se filma su susto en ese instante y se monta luego en
la película. Nada pone más drásticamente de bulto
que el arte se ha escapado del reino del halo de lo bello, único
en el que se pensó por largo tiempo que podía alcanzar
florecimiento.
10
El extrañamiento del actor frente al mecanismo cinematográfico
es de todas, tal y como lo describe Pirandello, de la misma índole
que el que siente el hombre ante su aparición en el espejo. Pero
es que ahora esa imagen del espejo puede despegarse de él, se
ha hecho transportable. ¿Y adónde se la transporta? Ante
el público. Ni un solo instante abandona al actor de cine la
consciencia de ello. Mientras está frente a la cámara
sabe que en última instancia es con el público con quien
tiene que habérselas: con el público de consumidores que
forman el mercado. Este mercado, al que va no sólo con su fuerza
de trabajo, sino con su piel, con sus entrañas todas, le resulta,
en el mismo instante en que determina su actuación para él,
tan poco asible como lo es para cualquier artículo que se hace
en una fábrica. ¿No tendrá parte esta circunstancia
en la congoja, en esa angustia que, según Pirandello, sobrecoge
al actor ante el aparato? A la atrofia del aura el cine responde con
una construcción artificial de la personality fuera de los estudios;
el culto a las “estrellas”, fomentado por el capital cinematográfico,
conserva aquella magia de la personalidad, pero reducida, desde hace
ya tiempo, a la magia averiada de su carácter de mercancía.
Mientras sea el capital quien de en él el tono, no podrá
adjudicársele al cine actual otro mérito revolucionario
que el de apoyar una crítica revolucionaria de las concepciones
que hemos heredado sobre el arte. Claro que no discutimos que en ciertos
casos pueda hoy el cine apoyar, además, una crítica revolucionaria
de las condiciones sociales, incluso del orden de la propiedad. Pero
no es éste el centro de gravedad de la presente investigación
(ni lo es tampoco de la producción cinematográfica de
Europa occidental).
Es propio de la técnica del cine, igual que de la del deporte,
que cada quisque asista a sus exhibiciones como un medio especialista.
Bastaría con haber escuchado discutir los resultados de una carrera
ciclista a un grupo de repartidores de periódicos, recostados
sobre sus bicicletas, para entender semejante estado de la cuestión.
Los editores de periódicos no han organizado en balde concursos
de carreras entre sus jóvenes repartidores. Y por cierto que
despiertan gran interés en los participantes. El vencedor tiene
la posibilidad de ascender de repartidor de diarios a corredor de carreras.
Los noticiarios, por ejemplo, abren para todos la perspectiva de ascender
de transeúntes a comparsas en la pantalla. De este modo puede
en ciertos casos hasta verse incluido en una obra de arte —recordemos
Tres canciones sobre Lenin de Wertoff o Borinage de Ivens. Cualquier
hombre aspirará hoy a participar en un rodaje. Nada ilustrará
mejor esta aspiración que una cala en la situación histórica
de la literatura actual.
Durante siglos las cosas estaban así en la literatura: a un escaso
número de escritores se enfrentaba un número de lectores
mil veces mayor. Pero a fines del siglo pasado se introdujo un cambio.
Con la creciente expansión de la prensa, que proporcionaba al
público lector nuevos órganos políticos, religiosos,
científicos, profesionales y locales, una parte cada vez mayor
de esos lectores pasó, por de pronto ocasionalmente, del lado
de los que escriben. La cosa empezó al abrirles su buzón
la prensa diaria; hoy ocurre que apenas hay un europeo en curso de trabajo
que no haya encontrado alguna vez ocasión de publicar una experiencia
laboral, una queja, un reportaje o algo parecido. La distinción
entre autor y público está, por tanto, a punto de perder
su carácter sistemático. Se convierte en funcional y discurre
de distinta manera en distintas circunstancias. El lector está
siempre dispuesto a pasar a ser un escritor. En cuanto perito (que para
bien o para mal en perito tiene que acabar en un proceso laboral sumamente
especializado, si bien su peritaje lo será sólo de una
función mínima), alcanza acceso al estado de autor. En
la Unión Soviética es el trabajo mismo el que toma la
palabra. Y su exposición verbal constituye una parte de la capacidad
que es requisito para su ejercicio. La competencia literaria ya no se
funda en una educación especializada, sino politécnica.
Se hace así patrimonio común.
Todo ello puede transponerse sin más al cine, donde ciertas remociones,
que en la literatura han reclamado siglos, se realizan en el curso de
un decenio. En la praxis cinematográfica —sobre todo en
la rusa— se ha consumado ya esa remoción esporádicamente.
Una parte de los actores que encontramos en el cine ruso no son actores
en nuestro sentido, sino gentes que desempeñan su propio papel,
sobre todo en su actividad laboral. En Europa occidental la explotación
capitalista del cine prohíbe atender la legítima aspiración
del hombre actual a ser reproducido. En tales circunstancias la industria
cinematográfica tiene gran interés en aguijonear esa participación
de las masas por medio de representaciones ilusorias y especulaciones
ambivalentes.
11
El rodaje de una película, y especialmente de una película
sonora, ofrece aspectos que eran antes completamente inconcebibles.
Representa un proceso en el que es imposible ordenar una sola perspectiva
sin que todo un mecanismo (aparatos de iluminación, cuadro de
ayudantes, etc.), que de suyo no pertenece a la escena filmada, interfiera
en el campo visual del espectador (a no ser que la disposición
de su pupila coincida con la de la cámara). Esta circunstancia
hace, más que cualquier otra, que las semejanzas, que en cierto
modo se dan entre una escena en el estudio cinematográfico y
en las tablas, resulten superficiales y de poca monta. El teatro conoce
por principio el emplazamiento desde el que no se descubre sin más
ni más que lo que sucede es ilusión. En el rodaje de una
escena cinematográfica no existe ese emplazamiento. La naturaleza
de su ilusión es de segundo grado; es un resultado del montaje.
Lo cual significa: en el estudio de cine el mecanismo ha penetrado tan
hondamente en la realidad que el aspecto puro de ésta, libre
de todo cuerpo extraño, es decir técnico, no es más
que el resultado de un procedimiento especial, a saber el de la toma
por medio de un aparato fotográfico dispuesto a este propósito
y su montaje con otras tomas de igual índole. Despojada de todo
aparato, la realidad es en este caso sobremanera artificial, y en el
país de la técnica la visión de la realidad inmediata
se ha convertido en una flor imposible.
Este estado de la cuestión, tan diferente del propio del teatro,
es susceptible de una confrontación muy instructiva con el que
se da en la pintura. Es preciso que nos preguntemos ahora por la relación
que hay entre el operador y el pintor. Nos permitiremos una construcción
auxiliar apoyada en el concepto de operador usual en cirugía.
El cirujano representa el polo de un orden cuyo polo opuesto ocupa el
mago. La actitud del mago, que cura al enfermo imponiéndole las
manos, es distinta de la del cirujano que realiza una intervención.
El mago mantiene la distancia natural entre él mismo y su paciente.
Dicho más exactamente: la aminora sólo un poco por virtud
de la imposición de sus manos, pero la acrecienta mucho por virtud
de su autoridad. El cirujano procede al revés: aminora mucho
la distancia para con el paciente al penetrar dentro de él, pero
la aumenta sólo un poco por la cautela con que sus manos se mueven
entre sus órganos. En una palabra: a diferencia del mago (y siempre
hay uno en el médico de cabecera) el cirujano renuncia en el
instante decisivo a colocarse frente a su enfermo como hombre frente
a hombre; más bien se adentra en él operativamente. Mago
y cirujano se comportan uno respecto del otro como el pintor y el cámara.
El primero observa en su trabajo una distancia natural para con su dato
el cámara por el contrario se adentra hondo en la textura de
los datos. Las imágenes que consiguen ambos son enormemente diversas.
La del pintor es total y la del cámara múltiple, troceada
en partes que se juntan según una ley nueva. La representación
cinematográfica de la realidad es para el hombre actual incomparablemente
más importante, puesto que garantiza, por razón de su
intensa compenetración con el aparato, un aspecto de la realidad
despojado de todo aparato que ese hombre está en derecho de exigir
de la obra de arte.
12
La reproductibilidad técnica de la obra artística modifica
la relación de la masa para con el arte. De retrógrada,
frente a un Picasso por ejemplo, se transforma en progresiva, por ejemplo
ante un Chaplin. Este comportamiento progresivo se caracteriza porque
el gusto por mirar y por vivir se vincula en él íntima
e inmediatamente con la actitud del que opina como perito. Esta vinculación
es un indicio social importante. A saber, cuanto más disminuye
la importancia social de un arte, tanto más se disocian en el
público la actitud crítica y la fruitiva. De lo convencional
se disfruta sin criticarlo, y se critica con aversión lo verdaderamente
nuevo. En el público del cine coinciden la actitud crítica
y la fruitiva. Y desde luego que la circunstancia decisiva, es ésta:
las reacciones de cada uno, cuya suma constituye la reacción
masiva del público, jamás han estado como en el cine tan
condicionadas de antemano por su inmediata, inminente masificación.
Y en cuanto se manifiestan, se controlan. La comparación con
la pintura sigue siendo provechosa. Un cuadro ha tenido siempre la aspiración
eminente a ser contemplado por uno o por pocos. La contemplación
simultánea de cuadros por parte de un gran público, tal
y como se generaliza en el siglo XIX, es un síntoma temprano
de la crisis de la pintura, que en modo alguno desató solamente
la fotografía, sino que con relativa independencia de ésta
fue provocada por la pretensión por parte de la obra de arte
de llegar a las masas.
Ocurre que la pintura no está en situación de ofrecer
objeto a una recepción simultánea y colectiva. Desde siempre
lo estuvo en cambio la arquitectura, como la estuvo antaño el
epos y lo está hoy el cine. De suyo no hay por qué sacar
de este hecho conclusiones sobre el papel social de la pintura, aunque
sí pese sobre ella como perjuicio grave cuando, por circunstancias
especiales y en contra de su naturaleza, ha de confrontarse con las
masas de una manera inmediata. En las iglesias y monasterios de la Edad
Media, y en las cortes principescas hasta casi finales del siglo dieciocho,
la recepción colectiva de pinturas no tuvo lugar simultáneamente,
sino por mediación de múltiples grados jerárquicos.
Al suceder de otro modo, cobra expresión el especial conflicto
en que la pintura se ha enredado a causa de la reproductibilidad técnica
de la imagen. Por mucho que se ha intentado presentarla a las masas
en museos y en exposiciones, no se ha dado con el camino para que esas
masas puedan organizar y controlar su recepción. Y así
el mismo público que es retrógrado frente al surrealismo,
reaccionará progresivamente ante una película cómica.
13
El cine no sólo se caracteriza por la manera como el hombre se
presenta ante el aparato, sino, además, por como con ayuda de
éste se representa el mundo en torno. Una ojeada a la Psicología
del rendimiento nos ilustrará sobre la capacidad del aparato
para hacer tests. Otra ojeada al psicoanálisis nos ilustrará
sobre lo mismo bajo otro aspecto. El cine ha enriquecido nuestro mundo
perceptivo con métodos que de hecho se explicarían por
los de la teoría freudiana. Un lapsus en la conversación
pasaba hace cincuenta años más o menos desapercibido.
Resultaba excepcional que de repente abriese perspectivas profundas
en esa conversación que parecía antes discurrir superficialmente.
Pero todo ha cambiado desde la Psicopatología de la vida cotidiana.
Esta ha aislado cosas (y las ha hecho analizables), que antes nadaban
inadvertidas en la ancha corriente de lo percibido. Tanto en el mundo
óptico, como en el acústico, el cine ha traído
consigo una profundización similar de nuestra apercepción.
Pero esta situación tiene un reverso: las ejecuciones que expone
el cine son pasibles de análisis mucho más exacto y más
rico en puntos de vista que el que se llevaría a cabo sobre las
que se representan en la pintura o en la escena. El cine indica la situación
de manera incomparablemente más precisa, y esto es lo que constituye
su mayor susceptibilidad de análisis frente a la pintura; respecto
de la escena, dicha capacidad está condicionada porque en el
cine hay también más elementos susceptibles de ser aislados.
Tal circunstancia tiende a favorecer —y de ahí su capital
importancia— la interpenetración recíproca de ciencia
y arte. En realidad, apenas puede señalarse si un comportamiento
limpiamente dispuesto dentro de una situación determinada (como
un músculo en un cuerpo) atrae más por su valor artístico
o por la utilidad científica que rendiría. Una de las
funciones revolucionarias del cine consistirá en hacer que se
reconozca que la utilización científica de la fotografía
y su utilización artística son idénticas. Antes
iban generalmente cada una por su lado.
Haciendo primeros planos de nuestro inventario, subrayando detalles
escondidos de nuestros enseres más corrientes, explorando entornos
triviales bajo la guía genial del objetivo, el cine aumenta por
un lado los atisbos en el curso irresistible por el que se rige nuestra
existencia, pero por otro lado nos asegura un ámbito de acción
insospechado, enorme. Parecía que nuestros bares, nuestras oficinas,
nuestras viviendas amuebladas, nuestras estaciones y fábricas
nos aprisionaban sin esperanza. Entonces vino el cine y con la dinamita
de sus décimas de segundo hizo saltar ese mundo carcelario. Y
ahora emprendemos entre sus dispersos escombros viajes de aventuras.
Con el primer plano se ensancha el espacio y bajo el retardador se alarga
el movimiento. En una ampliación no sólo se trata de aclarar
lo que de otra manera no se vería claro, sino que más
bien aparecen en ella formaciones estructurales del todo nuevas. Y tampoco
el retardador se limita a aportar temas conocidos del movimiento, sino
que en éstos descubre otros enteramente desconocidos que “en
absoluto operan como lentificaciones de movimientos más rápidos,
sino propiamente en cuanto movimientos deslizantes, flotantes, supra-terrenales”.
Así es como resulta perceptible que la naturaleza que habla a
la cámara no es la misma que la que habla al ojo. Es sobre todo
distinta porque en lugar de un espacio que trama el hombre con su consciencia
presenta otro tramado inconscientemente. Es corriente que pueda alguien
darse cuenta, aunque no sea más que a grandes rasgos, de la manera
de andar de las gentes, pero desde luego que nada sabe de su actitud
en esa fracción de segundo en que comienzan a alargar el paso.
Nos resulta más o menos familiar el gesto que hacemos al coger
el encendedor o la cuchara, pero apenas si sabemos algo de lo que ocurre
entre la mano y el metal, cuanto menos de sus oscilaciones según
los diversos estados de ánimo en que nos encontremos. Y aquí
es donde interviene la cámara con sus medios auxiliares, sus
subidas y sus bajadas, sus cortes y su capacidad aislativa, sus dilataciones
y arrezagamientos de un decurso, sus ampliaciones y disminuciones. Por
su virtud experimentamos el inconsciente óptico igual que por
medio del psicoanálisis nos enteramos del inconsciente pulsional.
14
Desde siempre ha venido siendo uno de los cometidos más importantes
del arte provocar una demanda cuando todavía no ha sonado la
hora de su satisfacción plena. La historia de toda forma artística
pasa por tiempos críticos en los que tiende a urgir efectos que
se darían sin esfuerzo alguno en un tenor técnico modificado,
esto es, en una forma artística nueva. Y así las extravagancias
y crudezas del arte, que se producen sobre todo en los llamados tiempos
decadentes, provienen en realidad de su centro virtual histórico
más rico. Últimamente el dadaísmo ha rebosado de
semejantes barbaridades. Sólo ahora entendemos su impulso: el
dadaísmo intentaba, con los medios de la pintura (o de la literatura
respectivamente), producir los efectos que el público busca hoy
en el cine.
Toda provocación de demandas fundamentalmente nuevas, de esas
que abren caminos, se dispara por encima de su propia meta. Así
lo hace el dadaísmo en la medida en que sacrifica valores del
mercado, tan propios del cine, en favor de intenciones más importantes
de las que, tal y como aquí las describimos, no es desde luego
consciente. Los dadaístas dieron menos importancia a la utilidad
mercantil de sus obras de arte que a su inutilidad como objetos de inmersión
contemplativa. Y en buena parte procuraron alcanzar esa inutilidad por
medio de una degradación sistemática de su material. Sus
poemas son “ensaladas de palabras” que contienen giros obscenos
y todo detritus verbal imaginable. E igual pasa con sus cuadros, sobre
los que montaban botones o billetes de tren o de metro o de tranvía.
Lo que consiguen de esta manera es una destrucción sin miramientos
del aura de sus creaciones. Con los medios de producción imprimen
en ellas el estigma de las reproducciones. Ante un cuadro de Arp o un
poema de August Stramm, es imposible emplear un tiempo en recogerse
y formar un juicio, tal y como lo haríamos ante un cuadro de
Derain o un poema de Rilke. Para una burguesía degenerada el
recogimiento se convirtió en una escuela de conducta asocial,
y a él se le enfrenta ahora la distracción como una variedad
de comportamiento social. Al hacer de la obra de arte un centro de escándalo,
las manifestaciones dadaístas garantizaban en realidad una distracción
muy vehemente. Había sobre todo que dar satisfacción a
una exigencia, provocar escándalo público.
De ser una apariencia atractiva o una hechura sonora convincente, la
obra de arte pasó a ser un proyectil. Chocaba con todo destinatario.
Había adquirido una calidad táctil. Con lo cual favoreció
la demanda del cine, cuyo elemento de distracción es táctil
en primera línea, es decir, que consiste en un cambio de escenarios
y de enfoques que se adentran en el espectador como un choque. Comparemos
el lienzo (pantalla) sobre el que se desarrolla la película con
el lienzo en el que se encuentra una pintura. Este último invita
a la contemplación; ante él podemos abandonamos al fluir
de nuestras asociaciones de ideas. Y en cambio no podremos hacerlo ante
un plano cinematográfico. Apenas lo hemos registrado con los
ojos y ya ha cambiado. No es posible fijarlo. Duhamel, que odia el cine
y no ha entendido nada de su importancia, pero sí lo bastante
de su estructura, anota esta circunstancia del modo siguiente: “Ya
no puedo pensar lo que quiero. Las imágenes movedizas sustituyen
a mis pensamientos”. De hecho, el curso de las asociaciones en
la mente de quien contempla las imágenes queda enseguida interrumpido
por el cambio de éstas. Y en ello consiste el efecto de choque
del cine que, como cualquier otro, pretende ser captado gracias a una
presencia de espíritu más intensa. Por virtud de su estructura
técnica el cine ha liberado al efecto físico de choque
del embalaje por así decirlo moral en que lo retuvo el dadaísmo.
15
La masa es una matriz de la que actualmente surte, como vuelto a nacer,
todo comportamiento consabido frente á las obras artísticas.
La cantidad se ha convertido en calidad: el crecimiento masivo del número
de participantes ha modificado la índole de su participación.
Que el observador no se llame a engaño porque dicha participación
aparezca por de pronto bajo una forma desacreditada. No han faltado
los que, guiados por su pasión, se han atenido precisamente a
este lado superficial del asunto. Duhamel es entre ellos el que se ha
expresado de modo más radical. Lo que agradece al cine es esa
participación peculiar que despierta en las masas. Le llama “pasatiempo
para parias, disipación para letrados, para criaturas miserables
aturdidas por sus trajines y sus preocupaciones..., un espectáculo
que no reclama esfuerzo alguno, que no supone continuidad en las ideas,
que no plantea ninguna pregunta que no aborda con seriedad ningún
problema, que no enciende ninguna pasión, que no alumbra ninguna
luz en el fondo de los corazones, que no excita ninguna otra esperanza
a no ser la esperanza ridícula de convertirse un día en
“star” en Los Ángeles”. Ya vemos que en el
fondo se trata de la antigua queja: las masas buscan disipación,
pero el arte reclama recogimiento. Es un lugar común. Pero debemos
preguntarnos si da lugar o no para hacer una investigación acerca
del cine.
Se trata de mirar más de cerca. Disipación y recogimiento
se contraponen hasta tal punto que permiten la fórmula siguiente:
quien se recoge ante una obra de arte, se sumerge en ella; se adentra
en esa obra, tal y como narra la leyenda que le ocurrió a un
pintor chino al contemplar acabado su cuadro. Por el contrario, la masa
dispersa sumerge en sí misma a la obra artística. Y de
manera especialmente patente a los edificios. La arquitectura viene
desde siempre ofreciendo el prototipo de una obra de arte, cuya recepción
sucede en la disipación y por parte de una colectividad. Las
leyes de dicha recepción son sobremanera instructivas.
Las construcciones han acompañado a la humanidad desde su historia
primera. Muchas formas artísticas han surgido y han desaparecido.
La tragedia nace con los griegos para apagarse con ellos y revivir después